Conversaciones que se quedan contigo como la platica que tuve con Luciana González. Con 18 años de trayectoria en teatro, cine, televisión y doblaje, esta mujer se ha abierto paso en una industria que no perdona, sin ser hija, sobrina o novia de nadie.
Entre anécdotas y reflxiones emerge el retrato de una actriz que ha construido su carrera a base de talento, resiliencia y valentía. Una mujer que todavía lucha contra el síndrome del impostor, pero que hoy, como empresaria y productora, está lista para regresar al teatro por la puerta grande.

MAV: Platícanos un poco sobre ti, ¿quién es Luciana González?
LUCIANA GONZÁLEZ: Soy actriz, tengo 18 años en esta carrera y he hecho doblaje, teatro, cine, televisión, series. Básicamente de todo. Ahora también soy dueña de una escuela de doblaje de voz. Traigo un par de obras en las que estoy trabajando porque siento que me gustaría regresar al teatro, pero de otra manera. Estoy incursionando como productora, algo que nunca había hecho. Estoy muy nerviosa, con mucho miedo, pero también con muchas ganas.
MAV: ¿Por qué decidiste incursionar en la actuación y el doblaje?
LUCIANA: Me gustaría decir que lo decidí desde el principio, pero no. Salí de la carrera, estudié un semestre en Londres, regresé a México y era lo que había. En aquel entonces no existían las plataformas. Era o te metes a las telenovelas, que es un trabajo 24/7 y todo un culto a la imagen física, o nada. Estuve en TV Azteca muy poco tiempo y no me gustó el ambiente. Me recluí en el teatro. De ahí empecé a hacer doblaje, fui a un casting de voz, me quedé y comencé a hacer mucho. Luego aparecieron las plataformas y estoy desde el año uno hasta ahora. Ahora estamos en una baja en el medio que nos está haciendo reconsiderar a los actores, con la inteligencia artificial y todo. Yo apuesto por el teatro esta vez.

MAV: ¿Cómo te preparas? ¿Cuál es tu proceso interno para preparar un personaje?
LUCIANA: Siempre lo primero que tengo que hacer es decirme: Luciana, eres actriz. Porque han pasado 18 años, tengo la licenciatura en actuación y todavía entro al set pensando: me van a descubrir, no sé actuar. Y claro que sé. Es el síndrome del impostor. Lo primero es poner eso a un lado.
Generalmente, siempre soy la antagonista. Me encantó Sandra en «Consuelo» porque es la única antagonista que no sabe que es antagonista. No odia a Consuelo, no sabe ni dónde está parada. Me encantó no ser la mala malísima de Malolandia.
Para mí era difícil este personaje porque estamos hablando de 1950, donde Consuelo se libera, se empodera, trabaja, hace dinero. Y luego llega Sandra que es lo contrario: se quiere casar, tener hijos, una camioneta, un golden retriever. Toda esa fantasía. Para mí fue muy difícil no pelearme con esa fantasía. Tuve que entender desde el feminismo que querer casarte y tener hijos y ser ama de casa también es femenino, siempre y cuando sea a partir de la decisión. También es feminista, también es revolucionario y también es fuerte y valioso. Tuve que hacer esa revisión de mí misma, perdonarme muchas cosas y abrazar a más mujeres.

MAV: ¿Qué personajes dirías que te marcaron? ¿Hubo un antes y después en tu carrera?
LUCIANA: Creo que «Obediencia Perfecta». Fue la primera vez que estaba en cine con presupuesto. La actriz que iba a interpretar el personaje le dio miedo la escena del topless y yo dije: a mí me vale. Fue increíble y me vieron, que fue lo más importante. Es el sueño de una niña. Lo único que quería era actuar. Tenía 22 años, estaba muy emocionada, dije que sí sin pensarlo. Siempre me acuerdo de esa escena de «Black Swan», la cantidad de veces que me metía al baño después de que me decían «te quedaste» a llorar con mi mamá.
MAV: ¿Cuáles han sido los retos más difíciles que te ha tocado pasar en toda esa trayectoria?
LUCIANA: Lamentablemente, antes del «Me Too» era muy común el acoso. Era tremendo. Una niña de 22 años frente a un productor o director de 40, 50, con esta relación de poder. Yo gracias a Dios nunca hice nada ni me tocaron de mala manera, pero era un arte escurrirte de esos hombres. Un arte. Inventarte lo que fuera.
Creo que eso ha sido de lo que más me ha dolido en mi carrera. En México hay mucho nepotismo, muchísimo. Y yo no soy ni hija ni novia ni sobrina de nadie. Eso fue muy duro. Fue parte del trauma del síndrome del impostor: no me quedé por el casting, me quedé porque él. Ahí está la herida cuando te están acosando en un set: no estoy aquí por mi trabajo, estoy aquí porque él.
Los hombres que dicen que ahora se están pasando no tienen ni idea de lo que fueron los 2000 y los 2010. Para las mujeres aquí en México era tremendo. Fue muy difícil brincar también a todas las hijas y sobrinas. Las protagonistas en México son hijas de alguien siempre. Y eso está difícil como actriz. Sobrevivir eso y no permitir que se meta con tu autoestima, tener confianza en ti y apostar por ti me ha costado mucho trabajo, me sigue costando.

MAV: ¿Qué hace Luciana detrás de cámaras? ¿Cómo es un día para ti sin ser actriz?
LUCIANA: Soy una gran lectora, me encanta. A veces me siento sola, con todo y la gente que me rodea y me ama. Cuando leo se me quita. Siento que estoy con la persona que escribió el libro o con el personaje.
Soy la señora de las plantas. Llegué a una casa con patio sin plantas y hoy es una selva. Todas mis juntas por teléfono las hago mientras ando con un atomizador y unas tijeras con mis plantas. Tengo dos gatos, un perro de 40 kilos, un pez que se llama Chorizo. Soy muy señora de plantas y de bichos. Me encanta estar en mi casa, salir con mis amigos, comer cosas mexicanas.
Soy muy tragona, sufro mucho eso. Espero que algún día empiece a ser normal no ser delgada en la tele. Me encanta ver películas de terror con mi pareja, ver a mi mamá, pedir pizza, trabajar en juntas. Me encanta dibujar. Me peino, me baño, me visto. Lo normal.
MAV: ¿Qué te inspira? ¿De dónde sacas tu inspiración?
LUCIANA: Me inspira la gente. Hay inspiraciones por todos lados, pero si realmente quieres sentir, ve a la calle y ve a la gente. Vas a ver de todo: desde niños en la calle que duelen, mujeres bellísimas embarazadas que van brillando, novios peleando. A mí me inspira la gente, me hace sentir. Ver a alguien sufrir me hace mucho daño, y ver un bebé sonriendo me hace sonreír. Me inspiran las cosas vivas. Las plantas que crecen a través de una piedra y las que se recuperan cuando parecían muertas. Me inspira la vida.

MAV: ¿Qué tipo de proyectos te gustaría interpretar o hacer?
LUCIANA: Lo que me interesa es actuar a los grandes, quiero volver a Shakespeare. Yo estudié teatro por Shakespeare en realidad. Quiero trabajar textos italianos, españoles, mexicanos fantásticos. En Argentina, en España están haciendo teatro fabuloso. Creo que México tiene que entrarle ahí, porque hay grandes actores y directores en este país. En este momento de mi carrera prefiero trabajar textos de teatro y textos clásicos.
MAV: Por último, ¿qué consejo le darías a las personas que se quieren dedicar a lo mismo que tú?
LUCIANA: Si mi hija me dijera que quiere estudiar teatro, me caerían los calzones. Pero los procesos son muy de cada uno. A cualquier persona que quiera estudiar actuación: felicidades, porque tomar esa decisión requiere mucha valentía. Aceptar y asumirse como un ser que quiere ser visto requiere un acto de valentía enorme. Que mantengan siempre su promesa consigo mismos de creer en sí mismos. Hay gente que les va a decir toda clase de cosas, y es un medio bien difícil, sobre todo si como yo no tienes contactos. Que crean en ellos. Sé que suena trillado, pero está tan difícil que tienes que tener el corazón bien puesto.
Y por último, disclaimer: no es lo mismo estudiar actuación que querer ser famoso.
Por: Frida Padilla
Editora en Jefe de MAV

